La epidemia de la irresponsabilidad amenaza con extinguir al futbol de barrio

Monterrey, N.L. — El corazón del fútbol, ese que late en las canchas de tierra y los campos empastados de la colonia, está siendo atacado por un virus silencioso y letal: la irresponsabilidad. Lo que en un principio era el sueño de todo niño, la promesa de pertenecer al equipo y convertirse en el ídolo del barrio, hoy se ha transformado en un calvario de ausencias y falta de compromiso que amenaza con llevar al default a nuestras ligas.

Esta enfermedad, potenciada por el auge del mercantilismo, abre la puerta de la derrota y conduce al fracaso a equipos con historia y pasión. El problema es el mismo cada fin de semana: la ausencia de jugadores.

Uniforme Completo, Compromiso Vacío

La frustración de los dirigentes es palpable. Al entregar la camiseta, shorts, medias y hasta zapatos de juego —además de proporcionar comida, bebida y apoyo para el transporte—, reciben a cambio una promesa de fidelidad que se rompe con una simple falta.

¿Dónde quedó ese amor al equipo y al fútbol? Se pregunta la afición. Los seguidores se preocupan, los rivales se relajan y muchas veces, la victoria les llega sin esfuerzo, con el clásico default en la hoja de resultados.

El contraste con el pasado es brutal. Antes, incluso recorriendo grandes distancias a pie o en transporte público, los integrantes del equipo estaban media hora antes, listos para afrontar la batalla. Era una cuestión de honor y de amor al escudo.

El Mercantilismo, la Raíz del Problema

Hoy, la situación ha mutado. Muchos equipos están desapareciendo por falta de empatía y compromiso de sus propios integrantes. Lo más alarmante es el nivel de exigencia de algunos, quienes piden dinero y beneficios por jugar… ¡aún cuando en su vida han tocado una pelota!

La epidemia futbolera es, en esencia, un problema de valores. El sueño de pertenecer ha sido reemplazado por la mentalidad de recibir, dañando el entorno, abriendo la puerta del fracaso y sembrando la semilla de la derrota. Es hora de que los jugadores recuerden que el uniforme no es un regalo, es una armadura que implica la responsabilidad de estar, de luchar y de honrar el compromiso con el equipo, la afición y el deporte. De lo contrario, las canchas de barrio se quedarán en silencio.


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